viernes, febrero 17, 2006

Et lux in tenebris lucet 

Hace un par de días fui a tomar fotos a la universidad. Pasear por los viejos edificios me hizo olvidar lo feos que me parecen los nuevos edificios. Tomé una foto de un ángulo desde el cual hice un dibujo hace muchos años, ahora no encuentro el dibujo. Un vigilante, inesperadamente amable, me pregunta si tengo permiso para tomar fotos. Es tan amable que mis ganas iniciales de mandarlo a la mierda desaperecen. Por fin algo que mejora, pensé para mis adentros, mientras borraba algunos fotos para tranquilidad del amigo de marrón. El sol cae como plomo y las veredas y bancas vacías parecen poblarse de antiguos recuerdos, cuando las cosas eran más sencillas y uno podía darse el lujo de tener sueños. Algunos chiquillos, increíblemente jóvenes y bellos precisamente por no superar las dos décadas, pasean despreocupadamente en sandalias. El verano no es para los gusanos de biblioteca, aquellos que nos sentábamos en la cafetería enchalinados y cruzados de piernas con un café aguado y un libro, para impresionar a las chicas. Por cierto, han pintado la cafetería de letras de amarillo y morado. ¿Quién en su sano juicio podría sentarse a leer con semejante adefesio cromático? Parece que ya han retirado la exposición de artes, recuerdo que hace casi una década decidí en esa misma exposición que compraría una cámara. Recién lo hice el año pasado. Mis decisiones siempre demoran demasiado. Como ahora, que intento hacer deporte. Veo pasar unos chicos con una pelota. Qué envidia, qué tiempo el que he perdido y sin embargo qué bien me siento de que sea verano y de ser yo, aquí y ahora, y de poder ver y saludar la juventud de aquellos que también intentarán ser felices, y que acaso también lo logren.

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