lunes, diciembre 26, 2005

Strike Strokes 

First impressions on Earth es el tercer disco de Strokes y debo decir que no hay mucho que decir al respecto. Ya sin la pena que significó despertar del sueño del nuevo rock con aquel segundo disco, incluso sin el consuelo de tener aunque sea un gran tema (i.e. Reptilia) en esta tercera placa. No es un disco malo. Tampoco es un grupo malo. Lo malo es saber que tal vez nunca fueron lo que pensamos que eran. Tras estrellarme contra la pared de segundos discos tan decepcionantes como el de Kings of Leon o Franz Ferdinand o incluso el desconcierto que supuso la última entrega de los White Stripes, sólo queda asistir ya no al entierro, sino a la misa del año del nuevo rock. Never believe the hypes. No importa: un disco malo (bueno, dos) no podrá borrar nunca las veces que bailé ebrio y feliz Last Nite en algún rincón oscuro del Sargento. Adiós, amigos.


When I paint my masterpiece 

Mi hermana me regaló el devedé de No Direction Home, el documental sobre Dylan que hizo Martin Scorsese. Es el mejor regalo que se me haya hecho jamás, tanto es así que sin saber que me lo iban a dar me lo compré yo mismo el día que llegué a Lima. Ese tipo de casualidades me persiguen. Como me embarga el espíritu navideño y la verdad no tengo amigos a quienes les guste Dylan (sospecho que ni siquiera saben quién es) estoy dispuesto a regalarlo, así que me pueden contactar y les daré los requisitos. Los requisitos todavía no los conozco y podrán variar según se me ocurra. Puede ser, por ejemplo: le regalo el devedé a quien elabore el top ten de canciones de Dylan que me guste más. Puede ser: le regalo el devedé a quien me regale el Corporate Ghost de los Sonic Youth. Puede ser: que me lo quede.

Ah, la película: genial, por supuesto. O sea, es Scorsese haciendo una pela sobre Dylan. Yo sé que tú me entiendes. El momento en que el tío enchufa su maldita guitarra y toca un Like a Rolling Stone realmente atronador es deliciosamente subversivo. Uno puede sentir el calor de las llamas de esa hoguera que consumía y renovaba al músico, a la música, a la época misma. La voz destemplada de Dylan, su mirada desafiante, su figura desaforada, burlona, ya totalmente fuera de sí: el desafío y el acto de libertad de un artista más grande que su tiempo y ciertamente más grande que las pifias e insultos que los otros le dedicaron. Sublime. Inspirador. Genial.


Displasia 

Ayer cayeron unos tíos y trajeron un regalo para Rufus. Nos quedamos mirando. A nadie se le ocurrió. Vagas ideas de cuernos de reno se diluyeron en el ajetreo de estos días. El perro miraba el intercambio de paquetes y sobre todo los retazos de papel de regalo que caían al piso, los cuales mascaba y desgarraba con diligencia. La tía puso esa voz de lorna que ponía hace un cuarto de siglo cuando era yo niño y me daba mi regalo, esta vez dirigiéndose al can. El cuadrúpedo lanudo llamado Rufus cogió con delicadeza su regalo: una taba. Una zapatilla de plástico que cuando la aprietas hace bulla. Nos miramos las tabas nosotros, mordisqueadas por el mamífero cuadrúpedo. Miramos al perro, que hacía sonar la taba de plástico con verdadero entusiasmo. El perro nos miraba también, como diciendo ¿ya ven cojudos? Este bicho no deja de sorprendernos. Ahora duerme con su taba. La lleva a todos lados. La otra semana lo van a operar de la cadera. Y yo estaré fuera. Sólo pido que salga bueno y sano. Lo quiero mucho.


The lost art of wrapping a gift 

Este año envolví todos mis regalos menos uno. Esta excepción que podría denotar incongruencia o aun discriminación tiene su explicación en que la envoltura era parte del obsequio en sí. Por supuesto, el lector acucioso podrá siempre decir que mi deber era desenvolverlo y volverlo a envolver. Lo que haga feliz al lector.

(Tras el prefacio contextualizador pasamos al expediente técnico)

La mejor manera de acometer la envoltura un obsequio no existe de manera absoluta, cada persona tiene la suya propia y es su labor personal hallarla, como cuando uno decide qué sabor de helado es su favorito: debe probarlos todos. Pero siempre el envolvista deberá poner en juego algo más que su mera habilidad dactilar: deberá ejecutar la operación de la misma manera que ejecuta aquello que le hace feliz, verbigracia, deberá poner su espíritu en movimiento junto con sus dedos. Me permito resaltar la noción de ejecutar: como se verá luego, tan importante como el resultado final (visible) es el proceso mismo (invisible).

Mi humilde condición de ingeniero (léase: entidad prosaica dedicada a la generación de plusvalía a través de intrincados y seguramente malignos cálculos matemáticos) determina que enfrente la tarea de envoltura como se enfrenta un problema matemático. Adoro los problemas matemáticos y con ello cumplo con la cháchara del párrafo anterior.

Previamente a la ejecución en sí hay cuestiones de infraestructura sencillas de resolver (las operaciones del espíritu requieren siempre la intervención de agentes materiales). Lo primero entonces es tener mi portaminas, mi cajita de minas (HB 0.5), mi borrador blanquito y mi calculadora. Traduzco: tijeras, navaja si se prefiere, cinta adhesiva. Se sobreentiende que el papel, los moños y las tarjetitas fueron escogidos de manera personal y en base a algún criterio diferente al azar y al yaquechú.

Entonces empezamos a despachar los problemas, digo, los paquetes. Lo primero: definimos qué tipo de problema tenemos entre manos. Este es el paso más importante, ya que en base a nuestro diagnóstico decidiremos qué solución adoptar. Si es cajita será diferente que si es bolsita. Si es un dinosaurio de peluche será diferente que si es un sable Hattori Hanzo. Entonces en base a experiencia y a buen criterio definimos primero el plan y luego su ejecución detallada. Determinamos los datos, las variables y las incógnitas, determinamos los pasos ordenados a seguir: problemas de solución esquemática pero de gran laboriosidad han fallado por un desarrollo desordenado de la solución. No hay problema tan fácil que no amerite una lectura pausada: el exceso de confianza puede jugar malas pasadas. No faltan los problemas capciosos (en años ya lejanos, solía divertirme diseñando preguntas con truco cuando era jefe de práctica): estos suelen revelar que la solidez conceptual del envolvista y su destreza manual no son lo que se dice la misma cosa.

El resultado puede gustar o decepcionar, pero quiero resaltar lo valioso del proceso. Porque, salvo que sea un mamarracho, nadie se va a fijar en el papel ni en lo cuidadosamente dobladas que están las esquinas ni en como el moño disimula una arruga involuntaria del papel. Lo que la gente hace es romper el papel en pocos segundos, tirarlo al piso, descubrir con ansias su regalo. Todo es efímero. La envoltura que te pudo tomar horas se destruye en segundos y está bien que así sea. Envuelvo porque es un acto secreto de amor, un homenaje personal a las personas que quiero. Podría hacer un paralelo con los fuegos artificiales: la gente sólo ve las grandes y fugaces flores de fuego, pasa una y luego otra y luego otra; aplauden, señalan y sonríen ajenas a todo preparativo previo. El papel de regalo es más humilde y por eso me gusta: tiene el encanto de lo anónimo.

Indoor fireworks
Can still burn your fingers
Indoor fireworks
We swore we were safe as houses
They're not so spectacular
They don't burn up in the sky
But they can dazzle or delight
Or bring a tear
When the smoke gets in your eyes

Indoor fireworks - Elvis Costello

domingo, diciembre 18, 2005

Tambillo 

Lo que sigue es una crónica de lo que probablemente fue mi primer acto de solidaridad con desconocidos.

I. Hoy no salgo.
El domingo debíamos partir a una hora no determinada entre las seis y siete de la madrugada. Este hecho, sumado a la incierta duración de la ruta y del precario estado del camino, me persuadió de que debía acostarme temprano.
He aquí los resultados.

(I.1. Resultados)



II. Kikirikí.
El despertador sonó tres horas después de haberme acostado. Arriba estaban Guillermo y Dante, el chileno me preparó un café. Al rato llegaron los demás. Nos repartimos en tres camionetas y partimos. Un desvío en la carretera separó los primeros treinta minutos en asfalto de los penúltimos noventa minutos en trocha. Atravesamos regiones no exploradas del bosque de pinos: el paisaje pudo parecerme perfecto. Conforme avanzábamos el camino prodigaba con más y más entusiasmo sus mejores baches. En la mano derecha llevaba una botella de agua, en la izquierda mi cerebro. Una parada súbita en una de tantas curvas separaba los penúltimos noventa minutos en trocha de los últimos veinte minutos a pie. Bajamos las cajas, bajamos una cuesta. Llegamos a Tambillo y su escuela, nuestro objetivo.

(II.1. Oveja sapeándonos en la bajada)



(II.2. Colegio de Tambillo)



III. Buenos días, profesor.
En el camino habíamos recogido a una de las profesoras del colegio de Tambillo. El chileno, que es muy curioso, conversó con ella. La profesora sale de Cajamarca alrededor de las cuatro a-eme. Se sube a un camión lechero que la deja en algún lugar de la ruta. Desde allí camina cuatro horas a Tambillo. Gana mil soles al mes, menos descuentos. Tiene una bonificación de cuarenta y cinco soles por altura, la bonificación por ser directora también es de cuarenta y cinco. Los profesores se quedan de lunes a viernes a dormir en Tambillo, los fines de semana hacen el recorrido inverso para pasarlo en su casa. También contó que ponen de su dinero para completar los útiles de sus alumnos. Tienen agua, pero no luz. No reciben apoyo de Yanacocha. Piensan votar por Humala.

(III.1. Salón de clases)



IV. Chocolate.
Mientras las chicas prendían la leña para hacer el chocolate, nos pusimos a jugar con los niños. Unos bonitos concursos de canto y baile repartieron unas pelotas, la alegría pudo ser total. Los churrupacos se fueron a jugar, nosotros aprovechamos para cortar el panetón. El profesor Rosario más se demoró en llamarlos que ellos en venir, los niños se formaron y repartimos chocolate y panetón a cada uno de ellos y depués también nos repartimos a nosotros, que a estas alturas y sin desayuno (y yo sin dormir) ya estábamos pasando hambre. Mi rol de fotógrafo me sirvió de pretexto para no repartir (para no involucrarme), luego pude comprobar lo idiota de semejante actitud.

(IV.1. Concurso de canto)



(IV.2. Partido)



(IV.3 Chocolate)



V. Juguetes.
Empezó a llover, y fuerte. Los niños se formaron en su salón, nosotros ordenamos los juguetes por sexo y edad. Empezamos a repartir los juguetes. Lucho me dijo dame la cámara y yo no ahí nomás y él carajo es una orden y yo bueno y empecé a repartir mientras pensaba en que no me iban a gustar sus encuadres. Bueno, no sé cómo explicar lo que sentí, sólo sé que lo sentí y si tienen la oportunidad de participar en alguna cosa parecida, no la dejen pasar. El último juguete se le dio al último niño y el salón quedó vacío. Nos quedamos un rato en silencio, tomando un poco de aire (estas cosas cansan). Nos miramos con cara de deber cumplido. Estábamos contentos. Sonreíamos.

(V.1. Formación)



(V.2. Juguetes)



VI. Epílogo
Afuera la lluvia seguía. Los primeros veinte minutos a pie se multiplicaron por uno punto ocho en razón de la pendiente adversa y el terreno mojado. Nota mental: mi capacidad pulmonar está por los suelos. Llegamos a las camionetas hechos una maldita sopa, sin aire y con barro hasta los tobillos. Sensación general: no importa, todo ha valido la pena. Rápidamente se decretó que el asunto merecía un pollo a la brasa con toda la mayonesa del mundo. Lo comimos a las cinco pe-eme. Feliz navidad.


sábado, diciembre 17, 2005

Tonari no Totoro 

Anoche vi Mi Vecino Totoro. Nostalgia de la niñez perdida. Cuando uno crece pierde esa imaginación capaz de darle existencia a un gato gigante que vuela y que hace crecer a los árboles. Sólo la imaginación infantil puede hacer que Totoro exista en algún lugar, dormitando en algún secreto árbol de alcanfor. Sólo un niño puede hallarlo, verlo y jugar con él. Sólo un niño puede pedirle ayuda. Porque cree. Entonces Totoro se levanta, sonríe y mágicamente le ayuda. Una mazorca en una ventana es la prueba: Totoro existe.


Sólo sé que quiero viajar en Gatobús.

Black out 

Anoche hubo apagón en Cax. Fue divertido.


viernes, diciembre 16, 2005

Radical OH 

Anoche me topé en medio de la plaza con un gentío delante de un estrado. Cuando pensaba que era alguna actividad monse de la municipalidad, reparé en que éstas nunca congregan más de diez gatos. Con mayor atención pude discernir que los alaridos de cierto personaje dotado de un micrófono eran en realidad sentidos panegíricos cuyo objeto de veneración no era otro que el héroe, el mártir, el santo, el inconcebible hombre llamado Ollanta Humala.

Atravesé dos veces la plaza. La primera, para ir a la bodega a comprar cigarros. En ese lapso pasaron por los muy respetables parlantes aquel hermoso "Cholo Soy" del tío Abanto, en mi camino de regreso pude asistir a una emotiva interpretación colectiva del himno nacional. Mientras me alejaba para cenar, el arengador anunció la salida del prócer. No me detuve.

Mi cerebro trataba de (des)procesar lo visto, en ésas andaba cuando un tirón de la manga me trajo de nuevo al universo espacio-temporal: un niño quería venderme no sé qué golosina. Todavía en modo semiautomático metí la mano al bolsillo y ese instante desperté y vi su cara, un instante que me pudo parecer eterno. Me arrastró del trance Iván, murmurando en su dialecto (Iván es serbio) que se cagaba de hambre y que el tarado ése (Humala, no el niño) obstruía la plaza y obligaba a realizar un fastidioso rodeo.

Esa noche cené carne, condimentada con una mezcla amarga de sentimientos.

miércoles, diciembre 14, 2005

Dylan songs, 2 


Seven Days - 1991
The Bootleg Series 1-3

Seven days, seven more days she'll be comin'
I'll be waiting at the station for her to arrive
Seven more days, all I gotta do is survive.

She been gone ever since I been a child
Ever since I seen her smile, I ain't forgotten her eyes.
She had a face that could outshine the sun in the skies.

I been good, I been good while I been waitin'
Maybe guilty of hesitatin', I just been holdin' on
Seven more days, all that'll be gone.

There's kissing in the valley,
Thieving in the alley,
Fighting every inch of the way.
Trying to be tender
With somebody I remember
In a night that's always brighter'n the day.

Seven days, seven more days that are connected
Just like I expected, she'll be comin' on forth,
My beautiful comrade from the north.

There's kissing in the valley,
Thieving in the alley,
Fighting every inch of the way.
Trying to be tender
With somebody I remember
In a night that's always brighter'n the day.


En siete días más estaré back home. Mi mente está allá. Sólo falta mi cuerpo.


lunes, diciembre 12, 2005

Prepárense para los problemas 

Y más vale que teman!




¿Lobo estás? 


I'm in the forest so rare and divine
This is the place where you lose your mind... - The Coral


El hammond suena en mi cerebro mientras me interno en el bosque. Recuerdo cuando compré ese disco. Esa canción hacía evocar ineludiblemente un bosque. Un bosque melancólico y secreto. En voz baja voy cantando I'm in the forest so rare and divine... ¿Qué cantaría ella? Ah sí: En un bosque - de la china... Sonrío brevemente, la imaginación me coge por sorpresa. ¿Encontraría un elfo? ¿acaso un druida, un lobo, un hada? No, encontré un claro, una casa, un árbol solitario, rodeado de otros miles que guardaban respetable distancia (¿no era ése un vals?). Temí alejarme mucho, temí perderme. Volví al camino.


El bosque de pinos está a una hora de Cax. La granizada nos echó del lugar sin siquiera bajarnos del carro, aprovechamos una tregua durante el retorno para tomar algunas fotos. Volveré. La atmósfera del lugar es inusual, sugerente. Será que los pinos sólo se ven en las películas o en algún jardín de San Isidro. Diez mil hectáreas de bosques en medio de la nada disparan la imaginación de cualquiera. Sencación de infinita soledad, interrumpida apenas por un sendero y alguna casa. Ganas de buscar al lobo. O a la caperuza.


viernes, diciembre 09, 2005

La escritura del dios 

La última vez que fui a Lima me sacaron el discman de la mochila. Llevé la mochila en bodega porque cargaba una navaja suiza y no quería que me la quiten. En fin. La cosa es que mi desidia no quiso reponerlo. Cuando volví a Cax vi que metían unas cajas en la casa: los televisores que pedimos hace un par de meses al fin llegaron. El cable tendrá que esperar aún.

Veo ahora mis parlantes muertos, el espacio entre ellos ocupado por mi desorden, el cual se multiplica como los panes y peces del libro aquel. Más arriba, el televisor en su rack devuelve mi mirada de odio con un reflejo divertido y convexo. Lo habré encendido lo más tres veces.

Para colmo, no traje mi estuche de discos. Treinta y dos discos para veintiún días pueden quedar cortos, según el humor. Para compensarlo, me paso la noche en internet, escuchando emepetrés cuya repetición en casa y oficina empieza a joderme un poco, la verdad.

Sucedáneos: enésimo recorrido por jardines con senderos que se bifurcan, en busca de la secreta ciudad de los inmortales. Mis días se consumen ahora en el fondo de una celda que comparto con un jaguar cuya piel trato de descifrar; afuera, un negro toca una guitarra triste mientras espera al asesino de su hermano. Duermo la mayor parte del tiempo, y en mis sueños me aplico a la laboriosa creación de otro ser, acostado entre ruinas circulares.

Maravilla admirarse ante algo breve y perfectamente ejecutado, como una canción. Como una canción que se deja tocar catorce (en boca de Asterión es válido suponer que este vocablo equivale a "infinitas") veces y que en cada vez descubre un nuevo rasgo de su oculto e intolerable rostro, visto desde todos los puntos del universo, simultáneamente y sin superposición, como en el Aleph de este ciego anglófilo que se complace en sorprenderme, otra vez. Imagino ahora su sonrisa, mientras ensayo la mía.

Extraño mi discman: los libros no se pueden tararear. Tal vez su hurto haya sido un secreto designio de La Compañía. Need my discman. Need my headphones. Need my wings. Valor. Faltan doce días. Además, ella vendrá mañana. Dahlmann empuña con fuerza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

persona(s) pierde(n) aquí su tiempo